Fantasmas

$680

Analía Giordanino

COLECCIÓN: NARRATIVA || ISBN: 978-987-47628-0-1 || PÁGINAS: 174


Escribí estos cuentos hace doce años, salvo el último, que es actual. A principios del dos mil todo se derrumbaba en Argentina; yo leía y escribía sin las exigencias de un circuito de pertenencia, pero también en ese horizonte solitario.

En 2007 llegué de visita a la casa familiar y mi madre me dijo: te recorté del diario un concurso. Yo tenía sesenta páginas escritas y pedían ochenta como mínimo; escribí las restantes en un par de semanas, se las leí a una amiga, y envié.

Fantasmas se publicó en 2008 inaugurando la Colección Los Premios de la Editorial de la UNL. Hebe Uhart estaba en el jurado; yo recibí el Greca en la categoría Inéditos. Graciela Pacher, poeta entrerriana, y Sonnia De Monte, narradora mendocina, también integraron el jurado.

¿Cómo escribir sin pensar en qué hace uno cuando escribe? En los ’90 había una realidad rota y ficcionar ese momento fue acción de supervivencia para mí. Quería narrar lo extraño de esta ciudad, en un tono gris. Consideraba que mi ciudad, Santa Fe, era gris, sólo un territorio de paso hacia otras ciudades donde emigraban mis amigos. Es un fantástico ensombrecido o un realismo de doble fondo el que aparece en estos cuentos: las atmósferas y los escenarios enrarecen el devenir de los hechos, lo íntimo, lo gestual, lo corporal, es signo de una oscuridad que no se termina de revelar, salvo en el cuento “La casa de los ojos despiertos”, de terror onírico. Por otro lado, siempre me interesaron el borde, el segundo plano, los personajes descentrados, con un habla propia. Yo afinaba el oído e intentaba escribir en lenguas, por así decir. Hoy es fundamental para mí que la escritura sea sonora. Una narrativa que cante al oído es la que prefiero, quizás porque también escribo poesía.

Yo leía a Horacio Quiroga, Poe, Lovecraft, Miguel Briante, Silvina Ocampo, Borges. Me tenía fascinada Lorrie Moore: había comprado sus libros en mesa de saldo y no podía creer que el tono de la desgracia existiera y alguien se hubiera desprendido de ese tesoro. Las Nueve Historias de Salinger tenían un tono amado por mí. Empezaba a leer a Carson McCullers y Flannery O’Connor, había quedado pegada a las atmósferas de “La campana de cristal” de Silvya Plath, y a los cuentos de Jane Bowles en “Placeres sencillos”, y había descubierto a Capote. Algunas de estas lecturas aparecen como un eco en Fantasmas, o yo quiero creerlo.

En esta nueva edición conservamos los relatos que narran un territorio y algunos espacios de circulación habituales para mí en ese momento: la escuela, el hospital, los bares, el cementerio. Hay dos relatos que ubican la acción en otro lugar y uno escrito a partir de un sueño, pero el resto son relatos de esta ciudad. Me hace muy feliz incluir un cuento nuevo, que dialoga con los que elegimos para esta edición, y que propone una Santa Fe extendida y no urbana. Agradezco especialmente a los editores de Contramar, quienes leyeron y trabajaron con rigurosidad, paciencia y afecto, con la obra y conmigo.

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